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Araracuara

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Significa hogar o nido de las guacamayas

No más de 300 casas dispersas en un espacio selvático hay en esta pequeña inspección enclavada en las orillas del río Caquetá. Un extraño magnetismo, una suerte de hipnosis despierta este caserío indígena donde la palabra cobra una dimensión desconocida, donde los mitos y las leyendas toman forma para convertirse en variantes de la realidad. Araracuara se posa justo en la línea que divide la realidad de la fantasía. Debe ser por eso que este lugar aislado en el corazón de la selva, “donde termina el Caquetá y empieza el Amazonas”, como la describió un lugareño, ha inspirado tanta literatura.

Territorio ancestral, en Araracuara habitan más de 17 pueblos indígenas, con diversos clanes o familias. Muinanes, huitotos, nonuyas, andoques, cada uno tiene distintas interpretaciones de la vida y la muerte, lenguas y rituales. Sin embargo, es evidente que están unidos irremediablemente por su experiencia histórica y su entorno. CRIMA se llama la organización que agrupa a los pueblos más grandes y numerosos y por medio de la cual hacen presencia ante el Estado para garantizar que se respeten sus propias formas de gobierno.

Para la tradición indígena sus territorios ancestrales son distintos de los resguardos que el Estado les otorgó. Sus fronteras no son políticas, son visuales, históricas, es decir, van de tal palo a tal otro, de la orilla del río a la loma aquella.

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En las noches, viejos y jóvenes se reúnen a mambear. “Eso es una tradición indígena. Un momento en el que nos sentamos a recoger lo que ha pasado en el día, a detenernos y reflexionar, a intercambiar sentires”, explica Aurelio, un curaca muinane, dueño de la palabra en esa maloca. En Araracuara todos son contadores de historias. Cuando arrancan a narrar algún episodio quien los escucha queda atrapado sin remedio.

La ciudad perdida, la de Araracuara, queda a tres horas del pueblo. Allí se entiende la potencia de la manigua, el poder de la selva, con ese halo de vida, de animales, de plantas. Todo respira. Todo se mueve. Los micos saltan en los árboles.

Las flores, rojas, azules y amarillas. Los olores, del acre al dulce perfumado. La humedad se siente en la piel, se ve. Todo verde, muy verde. El camino se empina a medida que uno se pierde entre la jungla. Las chicharras y los grillos gritan a todo pulmón.

La Ciudad Perdida, realmente perdida, es una elevación de roca extraña. Allí nacen hilos de agua que bajan al río. Es una especie de páramo. Del tapete de roca brota agua. Las flores del sur, símbolo de esta Amazonia, nacen por todas partes, una especie de bonsáis naturales. Y en la punta, una ciudad de piedras se pierde en el horizonte. Son rocas sin duda mágicas. Esto es lo primero que se ve cuando se pisa Araracuara. Una piedra enorme que canaliza y estrecha el gran raudal de Angosturas. El ambiente de solemnidad, de vacío, de vértigo que produce, explica lo que representa para los indígenas. Esas ganas de mirar el vacío. En las paredes de roca viven cientos de guacamayas azules y rojas. Quizá por esto la guacamaya es un símbolo de la región, un animal sagrado al que además, en alguna de las lenguas de aquí, se le dice arara, de ahí Araracuara, tierra de guacamayas. Tierra de historias, en la que sin duda la que prevalece es la palabra.